Conciliación

Dilema. El sábado quería asistir a un taller, pero no tenía con quién dejar a Martina. Solución: inscribirla en el taller conmigo, algo aprendería. Por su parte entusiasmada con la idea, como de costumbre.

El taller en cuestión era el “Communicate or Die” que organizaban @quesitosgiver y @luisrabanaque; para ser sincera el contenido me daba igual, iría a cualquier cosa que montaran estos dos (y tú también deberías). Atentos al próximo.

Communicate or Die

La experiencia fue interesante. Martina a ratos se aburría y se ponía a pintar o a jugar con el móvil, pero en las dinámicas y ejercicios estaba enganchadísima. Ojalá hubiera habido más niños. Me gustó ver que no tiene ningún problema en llevarle la contraria a una sala entera de adultos desconocidos si no está de acuerdo. Quiero pensar que acompañarme a estos temas, o a los ensayos del TEDxZaragoza, o a las reuniones de AgileAragón le enseña algo, aunque sólo sea que aprender no termina con el colegio.

Picnic de La Jamonería en el taller

La semana pasada comencé clases de teatro, básicamente porque me genera una incomodidad tremenda y por tanto es interesante. Martina protestó en su día porque las clases para niños son en otro horario, y no entendía por qué no puede haber clases mixtas para niños y adultos. Supongo que tiene razón, en muchos casos es una separación artificial más que nos hemos inventado. Recuerdo el año pasado en el Stoos de Amsterdam cómo uno de los participantes se llevó a su hijo de 16 años, y participaba activamente en todas las discusiones como uno más. Respect.

Hagámoslo más.

 

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Basura

Tengo la casa atiborrada de trastos inútiles, los armarios llenos de cosas viejas que jamás uso. Mi plan es sencillo: voy a tirar al menos una cosa al día hasta fin de año (o regalar si aún pueden utilizarse, claro). Es liberador.

Al principio es fácil. Llevo un par de bolsas llenas de papeles viejos – desde nóminas de hace tres empresas hasta contratos de alquiler del 2004 -, ropa y zapatos, cables inútiles. Ahora tengo muchísimo margen de maniobra en todos los cuartos; será dentro de unas semanas cuando se ponga interesante, cuando ya no sea tan obvio qué tirar.

Mi basura de hoy
Mi basura de hoy

Por supuesto este ataque de minimalismo se debe a que resulta mucho más fácil atacar el mundo físico que el mental; estoy haciendo en mi casa lo que necesitaría hacer por dentro.  He vuelto de vacaciones con sensación de saturación y “clutter” mental: demasiadas cosas abiertas, desenfoque, mucha amplitud y poca profundidad. Así que voy a liberar espacio psicológico y eliminar los eventos que no me entusiasman, los libros que no me sorprenden y el ruido general que siento alrededor. Voy a correr mejor.

 

 

 

 

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Es un juego

Pensando en una tontería que me ha ocurrido esta mañana.

Escenario: Carrera contra el Hambre en el cole de mi hija. Los niños dan vueltas corriendo a un circuito en un parque cercano, y por cada vuelta la familia dona 1€ a una ONG. Cada niño corre con una tarjetita con 20 casillas, y al pasar por meta una voluntaria marca una nueva casilla para contar el número de vueltas que cada niño es capaz de terminar en 20 minutos. Hasta aquí bien.

Tarjetita
Tarjetita

Me toca estar a mí marcando casillas en las últimas vueltas. Al terminar el tiempo previsto se me acerca una madre abrazadísima a su niño, con 16 casillas marcadas. Muchos de sus compañeros habían terminado las 20 vueltas previstas. La madre al verme con el rotulador: “Márcale más, anda, márcale todas las casillas”. Yo flipo un poco y con bastante vergüenza me niego.

La madre insiste: “Anda, que no te cuesta nada, ¿por qué no??”. Me vuelvo hacia el niño que parecía más sensato: “Porque… sería hacer trampa, ¿no?”. La madre sigue insistiendo tres y cuatro veces: “¡Pero qué más da, márcale todo, si es un juego!”. Incómoda con la situación termino marcando las 20 casillas y alejándome de allí. Todas las buenas respuestas se me ocurren entonces, claro.

Supongo que la mujer no se sorprenderá más tarde cuando su hijo le falsifique las notas, defraude en Hacienda o coloque a dedo a sus parientes. Si es un juego.

Curioso la cantidad de cosas de las que tenemos la culpa los padres.

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El fin del agilismo

Crossblogging: escribe un tuit con un título, el nombre de un amigo y el hashtag #crossblogging; el amigo mencionado tiene que escribir un post con ese título.

Y así, @joserra_diaz me lanza el guante de escribir sobre “El fin del agilismo”. Lo primero que me vino a la mente al ver su tuit fue esos libros de cuando éramos pequeños de “Escribe tu propia aventura”, en los que podías escoger cómo avanzaba la historia o cómo terminaba.

Elige tu propia aventura

Así que a elegir:

Fin número 1

Agile” está de moda, tan de moda que todo el mundo se ve obligado a decir que es ágil y desarrolla con scrum para poder continuar en el mercado. Como me dijo un alumno “nosotros probamos a hacer scrum pero no funcionó… En realidad no teníamos scrum masters ni retrospectivas… ni sprints”. Cuando el 100% de las empresas proclama su agilismo y sigue haciendo las cosas exactamente igual, el término pierde su sentido. Todo es ágil, nada es ágil. The End.

Fin número 2

Efecto péndulo: después de una discreta explosión durante los años 2000, el mundo decide que el agilismo fue una buzzword pasajera y sobre-reacciona volviendo a la gestión clásica. Las empresas compiten por conseguir CMMi nivel 9, convenientemente certificado, y miles de scrum masters se reconvierten a Program Managers si quieren seguir pagando la hipoteca. En el 2018 nadie recuerda qué era un punto de historia. The End.

Fin número 3

Cuesta tiempo. No siempre funciona. Algunos equipos no son capaces, fallan y reintentan. Y sin embargo el agilismo se extiende. Las empresas no ágiles se quedan sin empleados que quieran trabajar allí (¿no sois ágiles? No me interesa el trabajo) y sin clientes que quieran contratarles (¿cómo que me envías un Gantt? ¿Qué es un Gantt?), y se extinguen poco a poco. La selección natural es lenta, dura y no siempre agradable. The End.

Fin número 4

No preguntéis cómo ni por qué: de repente, todos los maestros de primaria empiezan a aplicar los principios de Agile Schools, y transforman la mentalidad de una generación entera de niños. Al alcanzar la edad laboral, ponen patas arriba el mundo del trabajo y lo reinventan completamente. La palabra agilismo pierde su sentido, porque es simplemente la forma natural de hacer las cosas. The End.

Fin número 5

Escribe tu propia aventura.

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Kakonomics

Hasta ayer no conocía el concepto de “kakonomía” a pesar de que vivimos rodeados de ella (en griego, “economía de lo peor”). Parece que la invención de la palabra es de una investigadora italiana, Gloria Origgi, y sería algo así como la preferencia por la mediocridad. Por el intercambio de chapuzas.

Es decir, ante una transacción de servicios que podría ser de alta o de baja calidad, ambas partes preferimos entregar una basura y recibir una basura a cambio. No lo decimos, fingimos que somos la caña, pero nos instalamos silenciosamente en el cutrerío.

Un ejemplo que he leído en varios sitios: soy periodista, y me vas a pagar 50€ por un artículo. Lógicamente no me esfuerzo y mando un refrito de cuatro cosas encontradas por ahí. Los dos preferimos este intercambio de baja calidad (mal artículo a cambio de una mala paga), aunque no lo hagamos explícito y sigamos fingiendo que es un contrato normal. Tácitamente ambas partes preferimos entregar y recibir un mal servicio. De hecho, si de repente un editor me devuelve el artículo alegando que no está bien y mejorándolo con sugerencias, sentiría que el pacto se ha traicionado. Me molesta, me hace sentir incómodo. El hecho de que me pagues poco me legitima a entregar una porquería; todos contentos.

(Ojo que es muy diferente de Ryanair: pago 20€ por un viaje a Londres, asumo que me van a tratar fatal, pero si no fuera así y de pronto Ryanair prestara un servicio excelente por el mismo precio, me encantaría. No hablamos de low-cost ni de ofertas.)

Como dice la propia Gloria, “Kakonomics is the strange — yet widespread — preference for mediocre exchanges insofar as nobody complains about. Kakonomic worlds are worlds in which people not only live with each other’s laxness, but expect it: I trust you not to keep your promises in full because I want to be free not to keep mine and not to feel bad about it.

Me recuerda a una anécdota leída no sé dónde: en una guardería los padres solían retrasarse para recoger a sus hijos. Para evitarlo, las cuidadoras deciden establecer una multa de 10€ cada vez que los padres llegan tarde. Resultado: comenzaron a llegar tarde mucho más frecuentemente. El hecho de pagar por el retraso lo legitimaba, ya no se sentían mal por hacerles esperar. El incentivo social de “voy a correr porque me están esperando” era más fuerte que el económico, pero desapareció al ponerle precio.

Si te paras a pensar un momento, encuentras kakonomía por todas partes; sólo en el mundo del desarrollo de software me parece que ha sido el estándar, y además a varias bandas. Pago una vergüenza a mis programadores, que entregan código impresentable, que a su vez le vendo por cuatro duros a un cliente que no se fía de mí. Entregamos tarde y mal, y el cliente me paga a 180 días. Eso sí, en mi web sigue diciendo “somos la empresa líder en…”, y el cliente finge hacer una selección cuidadosa de proveedores cuando en realidad se queda con el más barato. ¿Suena familiar?

Me alegra comprobar que cada vez existen más iniciativas y comunidades, como el agilismo o Stoos Network, incompatibles con un intercambio kakonómico. Será interesante ver el resultado de la batalla.

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