Hasta ayer no conocía el concepto de “kakonomía” a pesar de que vivimos rodeados de ella (en griego, “economía de lo peor”). Parece que la invención de la palabra es de una investigadora italiana, Gloria Origgi, y sería algo así como la preferencia por la mediocridad. Por el intercambio de chapuzas.
Es decir, ante una transacción de servicios que podría ser de alta o de baja calidad, ambas partes preferimos entregar una basura y recibir una basura a cambio. No lo decimos, fingimos que somos la caña, pero nos instalamos silenciosamente en el cutrerío.
Un ejemplo que he leído en varios sitios: soy periodista, y me vas a pagar 50€ por un artículo. Lógicamente no me esfuerzo y mando un refrito de cuatro cosas encontradas por ahí. Los dos preferimos este intercambio de baja calidad (mal artículo a cambio de una mala paga), aunque no lo hagamos explícito y sigamos fingiendo que es un contrato normal. Tácitamente ambas partes preferimos entregar y recibir un mal servicio. De hecho, si de repente un editor me devuelve el artículo alegando que no está bien y mejorándolo con sugerencias, sentiría que el pacto se ha traicionado. Me molesta, me hace sentir incómodo. El hecho de que me pagues poco me legitima a entregar una porquería; todos contentos.
(Ojo que es muy diferente de Ryanair: pago 20€ por un viaje a Londres, asumo que me van a tratar fatal, pero si no fuera así y de pronto Ryanair prestara un servicio excelente por el mismo precio, me encantaría. No hablamos de low-cost ni de ofertas.)
Como dice la propia Gloria, “Kakonomics is the strange — yet widespread — preference for mediocre exchanges insofar as nobody complains about. Kakonomic worlds are worlds in which people not only live with each other’s laxness, but expect it: I trust you not to keep your promises in full because I want to be free not to keep mine and not to feel bad about it.”
Me recuerda a una anécdota leída no sé dónde: en una guardería los padres solían retrasarse para recoger a sus hijos. Para evitarlo, las cuidadoras deciden establecer una multa de 10€ cada vez que los padres llegan tarde. Resultado: comenzaron a llegar tarde mucho más frecuentemente. El hecho de pagar por el retraso lo legitimaba, ya no se sentían mal por hacerles esperar. El incentivo social de “voy a correr porque me están esperando” era más fuerte que el económico, pero desapareció al ponerle precio.
Si te paras a pensar un momento, encuentras kakonomía por todas partes; sólo en el mundo del desarrollo de software me parece que ha sido el estándar, y además a varias bandas. Pago una vergüenza a mis programadores, que entregan código impresentable, que a su vez le vendo por cuatro duros a un cliente que no se fía de mí. Entregamos tarde y mal, y el cliente me paga a 180 días. Eso sí, en mi web sigue diciendo “somos la empresa líder en…”, y el cliente finge hacer una selección cuidadosa de proveedores cuando en realidad se queda con el más barato. ¿Suena familiar?
Me alegra comprobar que cada vez existen más iniciativas y comunidades, como el agilismo o Stoos Network, incompatibles con un intercambio kakonómico. Será interesante ver el resultado de la batalla.