Es un juego

Pensando en una tontería que me ha ocurrido esta mañana.

Escenario: Carrera contra el Hambre en el cole de mi hija. Los niños dan vueltas corriendo a un circuito en un parque cercano, y por cada vuelta la familia dona 1€ a una ONG. Cada niño corre con una tarjetita con 20 casillas, y al pasar por meta una voluntaria marca una nueva casilla para contar el número de vueltas que cada niño es capaz de terminar en 20 minutos. Hasta aquí bien.

Tarjetita
Tarjetita

Me toca estar a mí marcando casillas en las últimas vueltas. Al terminar el tiempo previsto se me acerca una madre abrazadísima a su niño, con 16 casillas marcadas. Muchos de sus compañeros habían terminado las 20 vueltas previstas. La madre al verme con el rotulador: “Márcale más, anda, márcale todas las casillas”. Yo flipo un poco y con bastante vergüenza me niego.

La madre insiste: “Anda, que no te cuesta nada, ¿por qué no??”. Me vuelvo hacia el niño que parecía más sensato: “Porque… sería hacer trampa, ¿no?”. La madre sigue insistiendo tres y cuatro veces: “¡Pero qué más da, márcale todo, si es un juego!”. Incómoda con la situación termino marcando las 20 casillas y alejándome de allí. Todas las buenas respuestas se me ocurren entonces, claro.

Supongo que la mujer no se sorprenderá más tarde cuando su hijo le falsifique las notas, defraude en Hacienda o coloque a dedo a sus parientes. Si es un juego.

Curioso la cantidad de cosas de las que tenemos la culpa los padres.

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El fin del agilismo

Crossblogging: escribe un tuit con un título, el nombre de un amigo y el hashtag #crossblogging; el amigo mencionado tiene que escribir un post con ese título.

Y así, @joserra_diaz me lanza el guante de escribir sobre “El fin del agilismo”. Lo primero que me vino a la mente al ver su tuit fue esos libros de cuando éramos pequeños de “Escribe tu propia aventura”, en los que podías escoger cómo avanzaba la historia o cómo terminaba.

Elige tu propia aventura

Así que a elegir:

Fin número 1

Agile” está de moda, tan de moda que todo el mundo se ve obligado a decir que es ágil y desarrolla con scrum para poder continuar en el mercado. Como me dijo un alumno “nosotros probamos a hacer scrum pero no funcionó… En realidad no teníamos scrum masters ni retrospectivas… ni sprints”. Cuando el 100% de las empresas proclama su agilismo y sigue haciendo las cosas exactamente igual, el término pierde su sentido. Todo es ágil, nada es ágil. The End.

Fin número 2

Efecto péndulo: después de una discreta explosión durante los años 2000, el mundo decide que el agilismo fue una buzzword pasajera y sobre-reacciona volviendo a la gestión clásica. Las empresas compiten por conseguir CMMi nivel 9, convenientemente certificado, y miles de scrum masters se reconvierten a Program Managers si quieren seguir pagando la hipoteca. En el 2018 nadie recuerda qué era un punto de historia. The End.

Fin número 3

Cuesta tiempo. No siempre funciona. Algunos equipos no son capaces, fallan y reintentan. Y sin embargo el agilismo se extiende. Las empresas no ágiles se quedan sin empleados que quieran trabajar allí (¿no sois ágiles? No me interesa el trabajo) y sin clientes que quieran contratarles (¿cómo que me envías un Gantt? ¿Qué es un Gantt?), y se extinguen poco a poco. La selección natural es lenta, dura y no siempre agradable. The End.

Fin número 4

No preguntéis cómo ni por qué: de repente, todos los maestros de primaria empiezan a aplicar los principios de Agile Schools, y transforman la mentalidad de una generación entera de niños. Al alcanzar la edad laboral, ponen patas arriba el mundo del trabajo y lo reinventan completamente. La palabra agilismo pierde su sentido, porque es simplemente la forma natural de hacer las cosas. The End.

Fin número 5

Escribe tu propia aventura.

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Kakonomics

Hasta ayer no conocía el concepto de “kakonomía” a pesar de que vivimos rodeados de ella (en griego, “economía de lo peor”). Parece que la invención de la palabra es de una investigadora italiana, Gloria Origgi, y sería algo así como la preferencia por la mediocridad. Por el intercambio de chapuzas.

Es decir, ante una transacción de servicios que podría ser de alta o de baja calidad, ambas partes preferimos entregar una basura y recibir una basura a cambio. No lo decimos, fingimos que somos la caña, pero nos instalamos silenciosamente en el cutrerío.

Un ejemplo que he leído en varios sitios: soy periodista, y me vas a pagar 50€ por un artículo. Lógicamente no me esfuerzo y mando un refrito de cuatro cosas encontradas por ahí. Los dos preferimos este intercambio de baja calidad (mal artículo a cambio de una mala paga), aunque no lo hagamos explícito y sigamos fingiendo que es un contrato normal. Tácitamente ambas partes preferimos entregar y recibir un mal servicio. De hecho, si de repente un editor me devuelve el artículo alegando que no está bien y mejorándolo con sugerencias, sentiría que el pacto se ha traicionado. Me molesta, me hace sentir incómodo. El hecho de que me pagues poco me legitima a entregar una porquería; todos contentos.

(Ojo que es muy diferente de Ryanair: pago 20€ por un viaje a Londres, asumo que me van a tratar fatal, pero si no fuera así y de pronto Ryanair prestara un servicio excelente por el mismo precio, me encantaría. No hablamos de low-cost ni de ofertas.)

Como dice la propia Gloria, “Kakonomics is the strange — yet widespread — preference for mediocre exchanges insofar as nobody complains about. Kakonomic worlds are worlds in which people not only live with each other’s laxness, but expect it: I trust you not to keep your promises in full because I want to be free not to keep mine and not to feel bad about it.

Me recuerda a una anécdota leída no sé dónde: en una guardería los padres solían retrasarse para recoger a sus hijos. Para evitarlo, las cuidadoras deciden establecer una multa de 10€ cada vez que los padres llegan tarde. Resultado: comenzaron a llegar tarde mucho más frecuentemente. El hecho de pagar por el retraso lo legitimaba, ya no se sentían mal por hacerles esperar. El incentivo social de “voy a correr porque me están esperando” era más fuerte que el económico, pero desapareció al ponerle precio.

Si te paras a pensar un momento, encuentras kakonomía por todas partes; sólo en el mundo del desarrollo de software me parece que ha sido el estándar, y además a varias bandas. Pago una vergüenza a mis programadores, que entregan código impresentable, que a su vez le vendo por cuatro duros a un cliente que no se fía de mí. Entregamos tarde y mal, y el cliente me paga a 180 días. Eso sí, en mi web sigue diciendo “somos la empresa líder en…”, y el cliente finge hacer una selección cuidadosa de proveedores cuando en realidad se queda con el más barato. ¿Suena familiar?

Me alegra comprobar que cada vez existen más iniciativas y comunidades, como el agilismo o Stoos Network, incompatibles con un intercambio kakonómico. Será interesante ver el resultado de la batalla.

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El puré

Anécdota aparentemente trivial que me contaron hace poco. La señora de la limpieza de una empresa zaragozana se entera de que una de las chicas se está separando. Durante una temporada, por las mañanas le lleva puré hecho por ella misma para su hijo.

Es decir, esa mujer llegaba a su casa después de limpiar y se ponía a cocinar para una semidesconocida, pasaba el puré, lo metía en un tupper y se lo llevaba al día siguiente para que su hijo comiera algo casero en una época sin duda difícil.

Estoy tratando de recordar cuándo he hecho yo algo remotamente parecido y no se me ocurre. Estoy jodida.

Eso es un linchpin y no las historias de Seth Godin.

 

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El profesor Kanamori

Estupendo el documental “Children Full of Life” del 2003 sobre una pequeña escuela japonesa, en el que se relata un año de la vida del profesor Kanamori y sus alumnos de 10 años. Ganó multitud de premios en su día pero no lo había visto hasta hoy (gracias, @AllisonMassari). Resulta fascinante ver la combinación de disciplina y cariño con la que trata directamente temas como la muerte o el acoso escolar. Y resulta descorazonador pensar la tremenda diferencia que puede hacer un buen maestro en la vida de una persona, y lo pocas veces que esto sucede.

Dejo aquí un trocito intermedio (se puede encontrar el resto en youtube), en el que uno de los críos contradice al maestro por defender a uno de sus amigos. De lo más valiente que he visto hacer en una clase en mi vida. Nos pasamos la vida hablando a los equipos ágiles de coraje, espíritu de equipo o de respeto, y no sabemos ni la mitad que estos chavales.

Comentario de mi hija al terminar de ver todo el documental, típicamente español: “Pues yo no quiero que nadie me haga hablar de mis sentimientos”. Así nos va.

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